Vivimos tan deprisa que muchas veces las cosas que nos ocurren pasan por nuestra vida sin que apenas tengamos tiempo de sentirlas. Ocurren, pasan y seguimos, y cuando después intentamos recordarlas quizá conservamos la imagen de aquel momento, pero ni siquiera somos capaces de recordar qué emoción nos produjo.
Con los años he aprendido a pararme cuando siento que todo va demasiado rápido, o cuando descubro que estoy viviendo algo sin disfrutarlo realmente. Me paro y me obligo a sentir, a estar ahí, en ese instante. Y es entonces cuando descubro que la felicidad estalla durante unos segundos y me recuerda que soy una persona afortunada: tengo a mi lado a personas que adoro, familia, amigos… y mi perrita.
Son pequeños trocitos de felicidad que aparecen sin avisar y, por un momento, me abrazan y me llenan de alegría: una cañita junto a quien comparte conmigo la vida, un cortadito con mis padres a primera hora de la mañana, un paseo con mi perrita, una anécdota graciosa con mis compañeros de trabajo, una cabezadita en el sillón mientras veo una película… Momentos sencillos, casi insignificantes, que cuando me detengo a sentirlos descubro que son, precisamente, los que hacen que la vida merezca tanto la pena.
Quizá la felicidad no sea un estado permanente ni algo que tengamos que perseguir. Quizá sean simplemente esos pequeños instantes que aparecen de vez en cuando y que, si estamos atentos, nos recuerdan lo afortunados que somos.
¡No podemos parar el tiempo, pero si podemos decidir qué hacemos con el tiempo que tenemos! Vive.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Gracias por participar en el blog.